Enero
Contrapunto Ciudadano
escrito por Carlos Osorio   
viernes, 17 de febrero de 2012

Depresiones que se agolpan junto al borde costero y a ver si en una de esas el aire marino, especie de tsunami terreno que como ráfaga altera el paisaje; botando sombrillas, lentes de sol y borrachos, intimidando frazadas y huevos duros, calando huesos, azuzando la jauría de perros arremolinados en su deseo de engullir cabezas de pescado, vitalizando duchas carnes estilizadas a última hora, aliviana la predispuesta desdicha de haberse parido justo en donde el sol hace maroma y teatro en pos de ganarle el quién vive a farmacias de turno, a botillerías, a la tradición del crudo invierno. Intento que se muere de entusiasmo y, por un rato, algo que sea, procura relajar calámbricos rostros curtidos por la eterna guerra fría, esa vileza microclimatica a escala humana que todo lo escarcha, que todo lo congela y que por designio divino ya busca gratuidad en alguna atestada playa de estacionamientos.

Verano que no duda y suda la gota gorda congratulándose con amargos vinos en la ruta de socorrer las variadas cepas de seres vivos que tiene por delante, que lucen intoxicados ya por el halo etílico que baja por cañería desde la cordillera a los faldeos y viceversa si es que el tac dice lo contrario y el pago de la cuota lo cancela la morosidad, intentando, gracias a los fermentados gargajos que se acumulan en su recorrido, reproducir alguna insospechada fotosíntesis que haga posible que el flemático alcohol suba hasta el seso por la aorta y eleve aún más el ánimo aspiracional, para tranquilidad de los colapsados servicios de urgencia que tienen por finalidad, a punta de sicotrópicos y zanahorias, relajar y colorear el paliducho y biliático pellejo  que hace como que descansa bajo los poéticos parrones y palmeras importadas. Afán de gobierno, programa político que se aventura en ir bronceando, sazonando de alguna manera la neurona consumista, y por si fuera poco y tanto deseo no es suficiente, al menos se tratar de hacer un llamado al cuerpo a que coma y se unte paltas, con el fin de echarle la culpa al litio por el pésimo estado de ánimo que hoy, apenas, comienza sus vacaciones.

Playas que se visten de psicosis y amargura, porque todo mundo anda odioso de intentar ser y no alcanzar el primer mundo, ni siquiera la balsa en donde navega a sus anchas el turismo teutón, el nórdico, el sajón… que de pronto se acabe todo y por más el esfuerzo de dar el tono exacto de la piel y del difícil vocablo visitante, el acento delate y encubra toda falta de cariño propio y la ausencia de escuelas dignas que aún se mantienen cerradas hasta que las surtan de algo más que tristonas tizas, somnolientas pizarras y aquel listado interminable con un caudal de libros, que tienen como único propósito terminar cerrados al dictaminarse que son óptimos para apoyar la cabeza a falta de almohadas, cuadernos y mil lápices que se niegan a salir de vacaciones; atentos a la porfía de la burda autoridad que insiste se escrivá balaguer hasta que la tendinitis renuncie a su ateismo social y, para más remate, sin faltas de ortografía.

Y como si fuese poco, las alegorías están a flor de piel y suben al parapente y a los cruceros, a los insoportables rasca-cielos y globos de helio, demostrando así la altura de miras que se pretende. Posándose en piscinas, estanques, ríos y piletas públicas y, en un intento por enjuagar y a ojos del mundo convencer con aquella oportuna y anhelada postal de país en franco desarrollo, harto jabón y cloro se encargan del trabajo sucio de ir limando asperezas de callos, juanetes, puntos negros, apellidos, blondos mechones, con tal de otorgar la satisfacción de ser distintos … y la sal marina se niega a tan burda proeza y la prueba de blancura no pasa de curso por más la piedra pome, el detergente, las miles de lijas abandonadas sobre las dunas y que se lamentan, una vez más, de no ser las herramientas adecuadas para cambiar la porfiada filigrana o darle un cariz distinto a la matriz calcárea, que imposibilita hacerlos únicos y exclusivos sobre la faz de la tierra.

Turistas que se arremolinan y la foto idílica no se contiene de la tajada típica, de aquel pedazo de curiosidad que adentra y enajena sentirse parte, como impregnada de porciones de cobre en frasco chico, que convencen a ilusos de estar a un paso del paraíso o al borde del tajo abierto más grande… y abran paso a las ranuras que se contraen ante el plástico irrompible de doradas y plateadas tarjetas crediticias que penetran e intimidan, coito tecnológico que no es más que un juego erótico de la modernidad, que opaca el instante orfebre de ornamentaciones jeroglíficas otorgadas en el prostíbulo cambalache mercader… ¡oh, qué aburrida la vida sin moaís o ceniceros pintarrajeados o tatuados de fauna nativa!... cóndores, gallinazos y roedores satisfechos de su cometido e injerencia en aquellos zurcidos casi a mano, maquinaria de hilos donados por turgentes damas de rojo como la sangre, de azul como el cielo, de blanco como la cordillera misma y que conquistan casinos, hoteles, tiendas del buen gustazo nacional y que de ningún modo permitirán que indias patarrajadas arruinen y desperfilen el buen negocio, el espectáculo de la raza ajada de buenas costumbres adquiridas desde esa vez que les dio por exterminar orígenes y taparrabos y transformarse en re-presas de sus contradicciones y prisioneras de su inhóspito y sísmico destino.  

Corta temporada que marca a fuego la corteza terrena que hierve y prende al toque, que nada se demora y viste de santos a ministros que se las rebuscan, con su cuota de entrega desinteresadamente interesada, por alcanzar el epicentro con sus extintores, no sin antes los queme el flash paparazzi y el apoyo ciudadano no decaiga y desinflame el ego acumulado y así evitar el molesto papanicolau que puede dejar en evidencia el motivo del por qué existen tantos hijos de puta como ellos… y suma y sigue y los incendios forestales se multiplican y los pirómanos salen airosos, en andas y jabonados, festejando que la sensación térmica, igualita a olla a presión y que sigue cocinando la cruda realidad como mejor le place, que si bien no es Grecia y sólo alcanza para barras bravas en tullidos estadios del barrial, no le aunque y tampoco se deja estar y quema neumáticos y los latifundistas huyen con la egoísta caja fuerte repleta de dominios y tierras… barricadas impenetrables y la chispa de la vida depende de una coca cola que apaga toda la sed y auspicia y salva a terratenientes de morir linchados.

Y se prenden las antorchas y braseros y las parrillas exigen más leña seca que potencie aún más la lumbre y el aroma de huemul chamuscado, que se queme definitivamente la Roma republicana de bolsas que saborean sus ganancias, de gordos lacayos numerarios y bostas militares que ruegan al cielo por querubines disfrazados de bomberos, para que el de allá arriba se apiade y se eche una reverenda meada, como dejando constancia de su poder sobre los malaleche que intentan desestabilizar los territorios jamás vencidos y robar los crucifijos santiguados por los santos de la corte suprema y por el calentón cura de pueblo chico, infierno grande.

 

Por Carlos Osorio

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