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Por: Carlos Osorio
Entusiasmo que quién sabe cómo se toma la cabeza y se arroba, porque sabe de su empeño, de su arrojo, de lo generoso que ha sido durante todo este tiempo en que la patria lo ronda y lo busca y le hace antesala y lo convence de su loable accionar que ha permitido arrancarle la ropa de cuajo a la ciudadanía e inflamarle el pecho de cóndor, endureciéndole el abdomen y pujándole la tan necesaria y gallarda algarabía que chorrea vanidosa haberse parido justo aquí, a esta hora, en el sitio que menos se creía, exactamente donde, se decía, todo estaba perdido.
Espontáneo sabor y aroma de triunfo con gusto a poco (no le hace, ya habrá mejores días… y noches), a recogimiento y victoriosa dicha de menos a más, idónea para el recuento anual en donde los eventos y las pasarelas y las concentraciones y las canchas y los rescates y las casas de emergencia y las risas y los mocos tendidos y los emblemas son haberes que planifican futuros actos que involucrarán la experimentada esencia, incentivando nuevas posibilidades de regocijo, del buen negocio, dejando afuera y saboteando tragos amargos, sinsabores, insatisfacciones que no rentan mucho y que no tienen por qué venir a echar a perder y aguar la fiestoca.
De pirotecnias y orgías festivas a la luz de la luna, que no escatiman esfuerzos pese a las telúricas tragedias y cismas y vaivenes humanos, porque, al igual que los pájaros, cantan hasta con el esfínter la gloria de profesarse en el paraíso, regurgitando, que ni siquiera sienten arcadas, todo su lirismo de platos típicos y comistrajos exprés, de sorbetes bien fermentados que marean aún más la dicha y que, en definitiva, embriagan la grandeza del zangoloteado peladero, que tampoco escatima en el esfuerzo de fornicar hijos con sobrado arrojo, darles casa y comida y algún lente oscuro o vidrio ahumado que oculte las vergüenzas y proteja del cromatismo al sensible y siempre chillón húmedo iris.
Sobre todo ahora que el calido eclipse saluda a los arriesgados y anonadados espectadores (que nada cuesta parecer pabellón), ataviados con los colores de la enseña, con flameantes banderas que de menearse pierden la vigorosidad que, por todos los medios, intenta conciliar el sueño. Crucifijos que se persignan ante el probable desastre y se acabe el mundo, de paso la caridad y la misericordia y el diezmo y las perlas de la virgen y el tronazo de oro del papa y los banquetes de niños. Estatuas de yeso que idolatran a los avinagrados patriotas que ni con sal se condimentan y que son sinónimo o acicate de la calma chicha, por más se caigan al suelo y desmoronen la inmarcesible postura que detentan, por efectos de la presión que ejerce el claroscuro que otorga la nublada noche, a la que le importa un carajo cubrir con su manto, de dudas inclusive, a los pelmazos garantes del chovinismo.
Esperanza que nunca muere y que no se amilana con su pijama de una pieza y está al tanto de las fechas y de los ciclos, del crono que hace posible que los sueños se hagan realidad y que, sin pedir permiso, ruegan para que el oscuro fenómeno traiga consigo tranquilidad, buenas nuevas, robustos renos, pascueros, reyes magos y vacas y camellos y cunas en donde la paja sea abundante, para que la explosión de júbilo sea total y no desentone ante las cámaras que se masturban y que no pierden detalle de las caritas tiernas y rechonchas que suspiran, y a ver si así es posible los celulares y los plasmas y el bólido y la ropa de moda y las zapatillas de catálogo y los lentes de astronauta dejen de ser una ilusión óptica y puedan seguir multiplicándose como los panes y peces a lo largo y ancho del territorio atento a las ofertas.
Que mientras tanto se abre paso el madruguete y sus insomnios, abrigando esperanzas para que las ofertas y el show en cadena nacional continúe, que el espectáculo arrebate los poros y siga estremeciendo la resolana y que la piel de gallina cacaree, que llegó la hora de la última posibilidad para codearse y vanagloriarse con el mundo y que hace rato mira con sospecha tanta penosa algarabía, tanto bochorno y sazón de tristezas y disfrutes tan en los bordes de la irracionalidad. Salud mental de pueblo que mira extasiada hacia el cielo, anhelando caiga algún paquetito con muletas, mediaguas, más banderas solidarias y, si se puede, algún querubín que planee en vuelo raso y alcance a sentir el aroma de la tierra, que si se anima ¿por qué no? bautizarlo con nombres nativos, porque la idea vendría siendo transformar el peladero en paraíso estratégico de la civilidad, en donde se estacione raudo, al menos, lo mejor de la existencia, total, no faltarán las farmacias que atiendan en horario corrido, para darle la bienvenida con su cóctel de antidepresivos.
Regalo del cielo estrellado, contemplación única del fenómeno astral y que, a ojos de la bipolaridad austral, que cree reinar y que escasamente le da cabida a nada que le haga sombra, no es más que un artilugio y efecto que sólo intenta exacerbar a los tranquilos y sedados habitantes -según ella- más acostumbrados al clásico delirio febril cuando llueve o tiembla o cuando las discapacidades afloran o cuando alcanzan su meta o cuando se pierde la liga en el césped de los triunfos morales y nunca circunscritos a estas cosas tan sobrenaturales que sobresaltan, incluso, el paisaje, donde hasta los huemules son fármaco dependientes.
Anhelo que madruga y cae de las nubes convertido en gota que va derramando el vaso de modorra ideológica, inundando definitivamente el ser, que no cesa en su impulso de ser y desahogar represiones y deseos inconclusos cada vez que puede, que no hay caso se despabile, salvo no sea para impulsarse a su reaccionario agitar banderitas, vestirse de tricoloridad, cantar guerreras estrofas de himnos caducos y que, ya luego, en esa parte en donde los coros se tropiezan de insistente frenesí, le recuerda que hay que mandarse a cambiar y meterse a la cama, antes que el ansiolítico haga efecto y lo ponga en estado de sudorosa tensión y alerta.
Algarabía que tiene su cuarto de hora y cuarto menguante. No más. No le pidan tanto, y que fue elegida por aclamación general en aquella asamblea en la plaza pública, alcanzando fama cuando varios amenazaron con el suicidio si es que ésta se prolongaba más de media hora. Sobrado impulso que podría hacer más bravucona a la clase media, soltándole el esfínter a los sectores más pudientes, hacerle gritar el intestino grueso a los más necesitados y, mejor siempre si, cuanto antes un alprazolam que controle el entusiasmo.
Facilidad por la alegría soterrada que dice tener la razón bien alegre y se desvive y trasnocha contando chistes para sobrevivir, que pierde su razón en el trillado -había una vez- y termina lloriqueando su colorín colorado cuando el humor negro del epitafio se auto asigna y deprime. Si; que de tanto querer ser, pierde su razón (de ser), al intentar salirse de la fila, justo en la proclama del ruido de sables y cuarteles, contrayéndose incapaz de abstraerse a la orden pues la orden la borronea, la corta e inhibe, agotándola cuando viene la resaca en su parranda continua y que la hace llorar ante la burla y los bostezos de graciosos carceleros del paisaje que ni se yerguen siquiera a la hora de los corvos que pretenden cortar ideas, alas y trepanar cabezas, haciéndole un flaco favor a la patria que cierra el año y se abraza sola, porque la alegría hace rato que paró las patas, por fallas en los niveles de dopamina y porque no hay cuerpos para abrazar.
Estímulo empático y visionario que no finge el deseo de un cronos a la altura que lo consuele y que el próximo año lo ponga, de una, en la ruta que más quiere; en el pico del desarrollo, en la punta de la cima … o algo más sencillo, que tampoco es para que se acabe el mundo pensarlo; que si dios quiere y temblor mediante, meta su puntita y se desplace con todo y territorio y habitantes al centro de la tierra, al meridiano y paralelo de la zona cero y, si se puede, anexarse definitivamente al país poderoso que anhela y, desde ahí, liderar y persuadir el acontecer mundial de los millones de seres que no cierran sus ojitos a esta hora, atentos a lo que aquí ocurre, total, ningún paisito a su corta edad que se digne, se ha muerto por soñar despierto alguna vez en su republicana historia, en pos de no terminar en los cementerios en donde se mueren las tragedias, las modas, los cantantes y las vacas flacas.
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