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Fue un 25 de diciembre de 1997, cuando fa lleció Jorge Barudi, incansable luchador por los derechos humanos en Concepción. Se cumplen 14 años de su partida, pero su recuerdo sigue presente con más fuerza que nunca.
No dudó en instalarse, todo el tiempo que fuese necesario, en las afueras del recinto donde estaba detenido su hijo, Jorge, hasta lograr que lo dejaran libre. Y lo consiguió. Eso ocurrió poco después del 11 de septiembre de 1973 y marcó para siempre la vida de Jorge Efraín Barudi Videla. ¡Cómo se va a aceptar la tortura de un hijo! decía cuando contaba la historia. Bastó esa experiencia para que su compromiso con la defensa de los derechos humanos fuera definitiva.
Había egresado de Leyes de la Universidad Católica de Valparaíso y trabajaba en INDAP. Luego de que su hijo fuera liberado y partiera al exilio, don Jorge retomó su actividad, sin embargo no le duró mucho y pronto se convirtió en un exonerado.
No lo lamentó –según él mismo confesaría más adelante- ya que eso le permitió dedicarse por completo a la labor que ya había iniciado en el Comité para la Paz en Chile. “Yo me fui a ofrecer porque me di cuenta lo grave que era todo esto y vi la necesidad de trabajar para que evitar que los atropellos siguieran aumentando”.
Muy pronto la figura de don Jorge se hizo conocida. También su fuerza para defender a quienes sufrían graves violaciones a sus derechos como persona. Pero el Comité Pro Paz tenía sus días contados. A fines del 75, el organismo cierra sus puertas, sin embargo aquello no duraría mucho. De hecho, en Concepción el Comité siguió funcionando aunque “con las puertas entornadas”.
Ya el 16 de marzo de 1976, el Arzobispado de Concepción crea el Departamento de Servicio Social y se nombra a Jorge Barudi como su secretario ejecutivo. El trabajo se tornó aún más intenso.
“Trabajar por los derechos humanos era una labor muy arriesgada y, por lo mismo, quienes se dedicaban a esto, éramos poco. Basta pensar que salir a entregar públicamente la Declaración Universal implicaba un riesgo serio de detención”, recordaría cuando el Colegio de Abogados lo distinguió, en 1986, con el premio “Hugo Tapia Arqueros”.
En otra entrevista concedida diez años después de ese galardón, don Jorge reconocería que nunca sintió miedo. “Algo me pasó. Me dejó de funcionar la glándula suprarrenal, no sentía miedo. Tuve mucha suerte también...."
 Y no fueron pocas la situaciones difíciles que debió enfrentar, aunque ello nunca le impidió preocuparse de su esposa Carmen y sus nueve hijos. Eso lo hizo sentirse muy cercano de las personas que trabajaron el Departamento de Servicio Social y así lo recuerdan.
“Don Jorge era una persona de gran calidad humana. El mantuvo una línea de respeto muy profunda en el trabajo. Se encontraba con las personas y era capaz de preguntar y se involucraba con el drama humano que había detrás. Era un hombre de fe, capaz de estar horas conversando con una persona”.
No esquivó el bulto cuando fue necesario actuar para salvar la vida de alguien. Es que no uno no podía ponerse exquisito, decía: “Fue increíble las cosas que tuvimos que hacer, incluso caer en la coima. Recuerdo haberle pagado el secretario de la Fiscalía Militar, no sé si eso llegaría más arriba. También lo hicimos en cierta ocasión en que estaban pendientes unas peticiones de libertad bajo fianza y nosotros pagamos para lograrlas. En ese tiempo uno no podía ponerse exquisito: había que salvar vidas”, recordaba años más tarde.
Situaciones extremas
Don Jorge nunca perdió su capacidad de asombro. Pese a la crudeza de las situaciones que le tocó conocer, le causaba hondo impacto el dolor de los familiares de las víctimas.
En ese sentido, uno de los casos que lo marcó fue el de la masacre de 19 personas detenidas en Laja y San Rosendo entre el 13 y el 16 de septiembre de 1973 y cuyos cuerpos fueron encontrados seis años después en una fosa común del cementerio de Yumbel. Lo mismo pasó cuando se supo de la situación de 18 campesinos que fueron masacrados en Mulchén, los primeros días de octubre de 1973.
“Esto fue algo muy terrible”, acostumbraba a decir cuando se hablaba del caso. Tenía claro que todo fue producto de una venganza motivada por la Reforma Agraria. “Esto fue una masacre, una locura. Nosotros hicimos una larga investigación y también fuimos perseguidos cuando estuvimos en la zona averiguando”.
Otro camino
Hasta 1983 estuvo en el Departamento de Servicio Social. La reestructuración del organismo lo dejó fuera. Aquello le dolió profundamente, aunque nunca quiso –al menos públicamente-ahondar en el tema. “Yo dije, si quieren que me vaya lo hago y lo hice sin problemas”. 
Pero su compromiso con los derechos humanos se mantuvo incólume. No podía ser de otra forma. “Me comprometí con los derechos humanos por ideología y al darme cuenta de la dimensión horrorosa del momento”, diría más tarde.
Por eso no dudó en hacerse cargo de la filial penquista de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, que por varios años se cobijó en una vieja casona de calle San Martín. Bajo su alero funcionaron diversas agrupaciones de derechos humanos y muchas personas pasaron por ahí en busca de ayuda o de, tan sólo, una palabra amistosa.
Para entonces su presencia en cuanta jornada o acto de defensa de los derechos humanos que se hacía en la zona, resultaba indispensable. Era frecuente verlo caminar lentamente por las calles de la ciudad, con su bastón en una mano y con un montón de diarios bajo el brazo. Siempre tenía algo que decir. Siempre tenía algo que comentar con quien se encontrara. Ningún hecho de los vividos en los tiempos más duros de la dictadura, lo dejaron nunca indiferente. Se las arreglaba para hacer oír su voz o bien expresar su opinión en profusas declaraciones públicas.
En 1990, tras la elección de Patricio Aylwin, don Jorge fue nombrado director regional del Registro Civil. Parecía una labor un poco ajena a lo que había estado haciendo hasta ese momento, pero no lo fue. Igual se las arregló para seguir estando y de paso se esforzó en dignificar las condiciones en que trabajaba el personal a su cargo.
Jubiló en 1996, cuando estaba por cumplir 80 años. Sin embargo, su preocupación por los derechos humanos se mantenía tan activa como siempre Le inquietaba especialmente que los crímenes cometidos quedaran impunes y nunca dejó de hacerlo presente. “En mantener el recuerdo vivo en la conciencia colectiva de esos crímenes, algunos horrendos y calificados como contrarios a la humanidad, le corresponde un rol importante a las organizaciones e instituciones que durante la dictadura asumieron la defensa de los derechos humanos y de las víctimas de sus viola ciones”, escribió en la revista “Signos y Testimonios” de la Corporación Metodista.
Algo similar reiteró el 30 de agosto de 1997, durante la liturgia con la que se conmemoró el primer año de la instalación del monolito recordatorio de Barros Arana 1701, donde funcionó la vicaría penquista. “Recuerdo escenas de dolor vividas en esta casa. Cuando me vi obligado a decirle a las madres y esposas de las personas que habían sido detenidas en Laja y San Rosendo, que ellas habían sido masacradas y que sus cuerpos habían sido encontrados en una fosa en el cementerio de Yumbel. Lo recuerdo como uno de los hechos que más me ha impactado. Lo que no debemos perder jamás los chilenos que sentimos que somos hermanos, tanto por ser personas como por ser hijos de Dios, es el recuerdo de tanto amor y de tanto dolor. Tiene que haber un compromiso serio y efectivo para que lo que queda por hacer se haga. Para encontrar los restos de los detenidos desaparecidos y darles sepultura. Lo importante es que todo el pueblo de Chile sienta el dolor y la angustia de quienes sufrieron el peso de la infamia. Mucho se ha hecho, pero aún falta...”
Sería el último acto público al cual asistiría. Poco después cayó enfermo y no se recuperaría. El 25 de diciembre de 1997 la noticia de su muerte caló hondo entre quienes trabajaron con él, lo conocieron y compartieron con él muchas jornadas de solidaridad y compromiso con los derechos humanos. A catorce años de su partida, su recuerdo, su testimonio, su compromiso irrenunciable sigue más vigente que nunca, como el que dejan aquellas personas que se convierten en indispensables e imprescindibles. Como lo fue y lo sigue siendo, Jorge Barudi Videla, don Jorge. Por M.E.Vega 24 de diciembre de 2011.- 779 veces leida |