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Por Sebastián Jans
En las sociedades, a través de los tiempos, se han ido desarrollando distintas formas del vivir y el convivir, donde se establecen escenarios societarios que responden a necesidades que el hombre requiere para su placer, beneficio, interés, desarrollo, etc. materiales y/o espirituales, individuales y/o colectivos. Así como la sociedad humana ha requerido del mercado para el intercambio de productos, ha necesitado de hospitales para resolver los problemas de la salud, escuelas para formar a los niños y jóvenes en torno a los intereses personales y de la sociedad, cárceles para penalizar a los trasgresores de la ley, etc.
Espacios para el uso del ocio y para la expansión de las motivaciones individuales y colectivas, han sido también requerimientos históricos de una sociedad debidamente estructurada, ya sea a través de las expresiones artísticas o las justas de destreza física, desde los tiempos de la sociedad pastoril, e incluso de su predecesora sociedad cazadora.
Respecto de las últimas, las clásicas referencias civilizacionales de la cultura occidental dan cuenta de ello, en las olimpiadas de la Hélade o el circo romano con todas sus variables societales, morales y políticas. En el mismo sentido se manifiestan las justas caballerescas medioevales, así como sus pares asiáticas, y las que consideraban nuestros pueblos originarios, de acuerdo a su desarrollo civilizacional pre-colombino.
Todas estas actividades de destreza física, empezaron como una actividad del ocio, para transformarse en espectáculos públicos, con un marcado y ascendente carácter de hecho societario, las que cruzaron profundamente la psicología social y la evolución histórica, al punto de ser un dato antropológico insoslayable para comprender el desarrollo de tales sociedades. De ese modo, verbigracia, no es posible entender la cultura helénica sin considerar la expresión de sus justas de destreza física, en el marco de la construcción de su ciudad, es decir, de su espacio de inter-relación social, de su “ethos”. Huelga considerar el fenómeno del circo romano y su carga legendaria.
La sociedad contemporánea no está exenta en modo alguno en torno a esa relación compleja entre la exposición de la destreza física, de su exhibición masiva, de los actores que la hacen posible y del involucramiento anímico de los miembros del colectivo social con sus mas amplias implicancias. Como en Roma, donde todos tenían algo que decir del circo en su tiempo ciudadano, en las sociedades de hoy - el futbol, soccer o calcio -, por esencia un espectáculo social de vastas proporciones de alcance global, tiene que ver con nuestro tiempo ciudadano.
Ignorar que hoy la actividad del espectáculo deportivo tiene la misma connotación que tuvo en las antiguas civilizaciones, es una demostración de irrealidad y carencia de compresión básica de la fenomenología social. Los actores son los mismos de los tiempos antiguos, a pesar del tiempo transcurrido y de las disponibilidades de la técnica: los que ejercen las destrezas, los que deben prepararlos o estrenarlos, los escenarios de desarrollo de las justas, los propietarios de los derechos sobre el espectáculo, los espectadores que componen la masa que sostiene la existencia del hecho social, los heraldos que constituyen opinión, la clase política que debe interpretar el fenómeno en el “ethos” y sus consecuencias en la sociabilidad.
Porque, desde los antiguos tiempos, cuando se construyó la primera idea de ciudadanía, el deporte espectáculo ha sido una parte constitutiva del hecho social, y una manifestación del hacer ciudad, es decir, del hacer “ciudadanía”. La clase política griega leyó muy bien el fenómeno, y lo leyó muy bien la romana, y lo han seguido leyendo todas las clases políticas que han sabido interpretar positiva o negativamente el fenómeno societario que el hecho deportivo masivo genera.
Al hacer sociedad y al administrar el poder que la sociedad genera, no cabe duda que las manifestaciones deportivas de masas constituyen un hecho político y ciudadano por excelencia. Si ello no ocurriera, no entenderíamos los enormes recursos que los Estados modernos deben gastar para hacer posible tales espectáculos en términos de construir estadios, villas olímpicas, generar seguridad, facilitar accesos, etc. Si no fuera así, tampoco lo justificaríamos. El espectáculo de masas es un fenómeno inseparable de la ciudad, y el rol de sus actores es determinante. Y todos somos actores, incluyendo a nuestra clase política y los inevitables propietarios del espectáculo.
Cuando surgió el fútbol en Chile y se afianzó como espectáculo de masas, los propietarios fueron agrupaciones sociales planteadas en la dimensión del club inglés. Un grupo de ciudadanos de motivaciones variadas, que querían dar espacio para la expansión ciudadana y para los cultores de las disciplinas deportivas. La clase política se hizo parte de ese esfuerzo por las positivas implicancias del buen construir relacional y societario. Así, se fueron construyendo clubes sociales y deportivos por todo el país, con la relatividad de éxitos que da todo emprendimiento humano. Algunos se transformaron en hechos nacionales y otros no escaparon del ámbito estrictamente local.
Pero, llegó un momento en que el fútbol se transformó en un espectáculo que tiene una proyección global, y que navega en un mar inagotable de transacciones comerciales y financieras. De este modo irrumpieron los grandes capitales nacionales e internacionales. Así, ya no se puede hablar de un simple alcance local, particular y/o limitado. La pérdida de límites es una característica de ese enorme espectáculo de masas, en el cual Chile también es parte.
Los dueños del espectáculo variaron, y los grandes capitales han penetrado profundamente en el negocio hasta dominarlo completamente, y lo reclaman como un hecho propio y exclusivo. Desde la lógica propietaria, reclaman todos los beneficios y potestades, pero ojalá con la protección del Estado y los beneficios que de esa constatación emerjan. Pero, como siempre ha ocurrido, el gran espectáculo fundado en las competencias físicas, se convierte en un hecho político y societario, a contrapelo de quienes lo reclaman como un asunto privado, para asumir las ganancias, y como un asunto público cuando hay que enfrentar los riesgos.
Lo que hemos presenciado en las últimas semanas en nuestro país, con la elección de las nuevas autoridades del fútbol, y sus polémicas consecuencias, es parte de lo que cotidianamente ocurre con todos los fenómenos del hacer país. Los actores son los mismos, la forma como concurren a la sucesión de eventos y decisiones que causan el debate público, dicen relación con la misma lógica. Es decir, la profunda contradicción entre lo que es “nuestro negocio” y el interés de las personas por hacer de aquello que les incumbe, en la cotidianidad de una sociedad, algo opinable y por lo tanto participable. Es la ya consabida contradicción entre considerar a las personas solo consumidores y el interés de las personas en ser ciudadanos, es decir, parte activa de la ciudad o sociedad. El tema entonces es político. 446 veces leída |