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o el instante sublime de las mentadas
Por: Carlos Osorio
Por más la defensa civil y algunos fieles hacían esfuerzos sobrecogedores por sujetar el mamotreto de palos de fino nogal, que por eso pesaba tanto, de equilibrar y sujetar mejor dicho la inmaculada figura de la virgen que bate y convulsiona sabrosona todita su humanidad (un decir en todo caso) en su paseo terrestre, todos los intentos eran en vano justamente por la porfía de la sagrada patrona que, ante cada oración y proclama de los ahí presentes, se iba enterando de las calamidades y barbaridades que en su ausencia se han ido acumulando. No de muchas, en todo caso, tampoco la idea consiste en aguar la fiesta.
Y mientras continúa el malabarismo de la espiritualidad y el recogimiento literalmente recoge a las damas de negro, que lucen entre abatidas y poseídas en el suelo, la escena se hace conmovedora, desgarradora mejor dicho, no sólo por los cantos alusivos que proclaman la desventura y sufrimiento del ser que pasean en andas, ataviado en la elegancia de pañuelos, rebozos, cruces y velas, sino por la osadía de la blonda y escotada diputada, feligresa a rabiar, ávida por salirse del libreto y de la fila, y que en un arranque de fe y éxtasis jamas visto, pedía a grito pelado, dirigiendo su mirada al team de viriles bomberos allí presentes, que por favorcito le fueran apagando el ardor que anda trayendo atravesado desde hace días en su bajo vientre, debido a la manía que tiene de abrir la boca y mandarse un rosario de pelotudeces.
A todas luces un milagro, según el encargado de anunciar los milagros y que con el jesús en la boca, mientras la procesión avanza apenas sosteniendo el bulto con la esfinge de la inmaculada, sujeta las partes más íntimas de la gozosa poseída, que ya cae presa de los placeres de todita la compañía, comandante y mascota incluidos, por más los reclamos de las castas e inmaculadas viejitas a todo terreno, que también en estas horas requieren de un buen manguerazo para enfriar la picazón y que ven en esta neo madona la proyección misma de la lujuria y el pecado hecho carne de cañón o, para el caso, de manguera.
Una maldad del diablo, pontifica y arenga a viva voz casi en estéreo el exaltado cura responsable del paseíto, quien, y sin decir agua va, personalmente se encarga de castigarla con su mirada ¡alabado sea! no sin antes rasgarle toditas las vestiduras, echarle una lavada a cubetazos, porque con agua y con jabón se borra la huella de cualquier cabrón, y practicarle sexo oral a modo de penitencia, y como si se tratara de una manda, nada se demoró en mandarle a guardar una serie de improperios y una hostia del día después a modo de dejar al descubierto, ante dios y los curiosos allí arremolinados, las impudicias pecaminantes y, sobre todo, el sabor amargo que siente ante la lujuria pélvica que cada día se apodera de todita la población del peladero.
Ya más contenida la emoción pública y el terrible flagelo a ojos vista de la imagen santa llena de gracias que contorsiona su ser sobre el escuálido plinto, la batería de ruegos no se hace, digamos, de rogar ante la cadena de agarrones y cachondeos, orgía más que evidente y una falta de respeto a la homenajeada por parte de los rezagados de la libido y que ven en este apasionado rito ciudadano, una señal clara; a río revuelto, ganancia de pescadores, total, si con tanto deseo reprimido y alboroto, queda en evidencia el verso justo; que no hay que dejarse estar y menos cuando el mundo en cualquier momento se va a acabar.
Fervor y devoción que ni la presencia de la contundente fuerza policial pudo aquietar, es que sienten, en las macanas que portan, la posibilidad de hacer realidad tanto erótico sueño reprimido que guardan en su interior. No bastó ni una milésima de segundo para que entre ellos se dieran una calentadita de padre y señor nuestro. Una alegoría sugiere el analista del vaticano, especialista en distorsiones humanas y que ya se suma encantado a la dicha del garrote que no cesa en su empeño de agradar y satisfacer a la legión sadomasoquista ahí apostada y que ve aquí, en este juego de pasiones, un símbolo de fraternidad y, sobre todo, la posibilidad real de legislar a favor de la unión entre animales domésticos.
Y ya cuando todo mundo daba por hecho que aquel arrebato y liturgia concluían, dejando a varios contusos a un costado del camino, a un montón de parejas hechas y derechas, a otros cuantos satisfechos del minuto feliz que cada año la ceremonia otorga, un diluvio daba inicio al recogimiento de las solicitudes; de pedirle al altísimo, a la divina providencia en este caso y que vendría siendo su embajadora, algunas señales que vayan orientando el buen pasar en la tierra. Señales claras en todo caso, nada de burocracias o palabras de buena crianza. Así entonces, al instante ya flameaban las enseñas tricolores y los rosarios se transformaban en coro percutivo ante cada verso y estrofa de la dulce y fervorosa melodía que inunda las calles, peor que diluvio, y que se encarga de introducir la presencia del mandamás del peladero, que con micrófono en mano, aprovechando la coyuntura del recogimiento, convencido que su sola presencia es estrella que guía, daba aviso, en señal clara de unidad, por más el dolor de sus interiores, por más el ardor que siente por las decisiones que debe tomar, de la nueva tarifa del transporte.
No bastó un segundo para que se remeciera la tierra, que de inmediato y de la nada se formaran barricadas, que hasta la nasa detectara desde el cielo el calor y las trepidaciones del peladero, que los buses quemados se transformaran en tea que alumbra a la humanidad de forma gratuita, que las fogatas encendieran el escaso clamor popular, que la divina imagen y que atenta escuchó el cantar de amor de la autoridad a la ciudadanía, y en un acto insospechado, a todas luces un milagro, se desprendiera estrepitosa de su base, como destornillándose más bien, para encarar con su carita recatada requete tierna que ya mira al cielo, en rictus, en busca de una sensata respuesta, y en un santiamén, que nada le cuesta, lo mandara un poquito a chingar a su madre. 61 veces leída |