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Eduardo Alarcón nos relata parte de la historia de su madre, Aurora, en un testimonio emotivo y cargado de imágenes y recuerdos.
Relatos de un sábado
-¡Es un almuerzo muy rico, gracias mamá!
Es un día sábado como muchos otros en casa de mi madre. El almuerzo es el momento en que, en torno a la mesa, revisamos cómo ha sido la semana y nos deleitamos con el reencuentro de la familia.
Es extraño lo que pasa en ese espacio. El tiempo se confunde en el pasado, se cruza con el presente y la vida adopta ese tono de tranquilidad y alegría del nido seguro de la pobla donde creciste y te formaste ¡Qué bendición poder ver a través del tiempo!
Miro a mi madre de reojo, la observo con mucha emoción, y pienso en esa hermosa persona y comienzo la reflexión sobre la vida de mi madre, y lo que ha construido con tanto esfuerzo.
Ella es Aurora Hernández Fernández, 75 años de edad, con un cáncer a cuestas desde hace varios años. Madre de 9 hijos y abuela de 19 nietos y 2 biznietos.
Pienso en esas imágenes de niños que me vienen a la cabeza y los esfuerzos para poder vivir dignamente. Cómo no recordar esas noches cuando llegábamos de la calle como a las 10 de la noche y mi madre nos estaba esperando para bañarnos en la batea de madera, ya que no había baños y menos ducha. Ella estaba allí esperándonos. Nunca vi en ella preocupación o desesperanza por nuestra ausencia, ya que nuestra población tenía un estilo de vida muy comunitario. Se trataba de una pequeña población de pescadores artesanales, donde se construían las relaciones desde la lógica de la cooperación, el respecto y la hermandad. Salíamos a la calle en la mañana muy temprano y regresábamos muy tarde, después de haber jugado en todas las casas del vecindario; el desayuno y el almuerzo se saciaban donde nos pillara la hora, siempre hubo un lugar donde éramos atendidos. Mi madre siempre nos esperaba y nos deleitaba con baños de batea. Sus manos suaves y su pelo negro brillaban a la luz de la luna.
-¡Eduardo, Eduardo! -Sí, madre. -¿Quieres tomar un café? -No madre, sólo un agua de hierbas.
Los niños empiezan a prepararse para disfrutar de la piscina instalada en el patio de la casa. Caminamos desde la cocina al patio donde seguiremos la conversación y también disfrutando de esta hermosa tarde de sábado.
Le pregunto a mi mamá sobre la salud de algunas vecinas y familiares. Ella me cuenta sobre los que han muerto y recordamos algunas cosas vinculadas al pasado. Uno de esos recuerdos se refiere a mi padre, cuando trasladó con grúa nuestra pequeña casa desde el frente de la calle al lugar donde está ubicada ahora. Mi madre dice que fueron momentos hermosos. De la nada construimos esta casa. El terreno lo rellenamos con tierra del cerro. Cuando comenzaron a construir el puerto comercial, con palas, baldes y carretas día y noche, rellenamos este sitio. Nadie nos regaló lo que tenemos, todo lo conseguimos con mucho esfuerzo.
-Eduardo- dice ella-, ¿te acuerdas cuando con tu abuela íbamos a recoger el pescado varado en la bahía de San Vicente? - Sí, madre-le respondo yo- Cómo olvidar esos momentos cuando contábamos con nuestra propia playa, donde junto con mis amigos disfrutábamos de la libertad de una bahía limpia y hermosa.
Mi madre me mira, y veo en sus ojos ese dolor que llevan todos los habitantes de nuestra ciudad, de ver cómo se han destruido esos lugares.
-Estos descriteriados- dice con voz fuerte y enérgica-. Allí ustedes se bañaban, jugaban, acampaban. Allí aprendiste a nadar, allí pescaban ustedes con su abuelo. Nuestra población- continúa mi madre-, siempre fue un lugar pobre, pero hermoso. - ¿Te acuerdas?- prosigue- cuando el día del Año Nuevo salíamos todos los vecinos a paseo. -Claro, madre-. De nuevo esa mirada de mi madre que mira alrededor del patio y se detiene en sus plantas, en sus árboles que han seguido callados su relato y su mirada. -¿Quieres otra agua de hierbas?-me pregunta. -Sí, mamá, gracias- y le pregunto- ¿Cómo te has sentido esta semana? -Bien- me responde-, con algunos dolores y el tumor que ha crecido un poco, pero veré al medico en la semana- me dice ella con esa alegría que la caracteriza.
Yo me pregunto internamente porqué tantas enfermedades, tanto dolor en nuestra gente. Se me vienen a la memoria esos días cuando con mi tíos, mi madre y mi padre, íbamos a Ramuntcho, esa hermosa playa y pasábamos días enteros sacando marisco, luche y pescando.
Mi madre disfrutaba eso espacios abiertos, me imagino que poder sacar a sus hijos a la playa era toda una proeza, pero ella nunca demostró cansancio, pena o angustia, siempre se caracterizó por su fe y convicción.
-Eduardo- me dice mi madre-, ¿te acuerdas del señor de Chome, el que le traía carne de ballena y aves de mar a tu abuelo? -Claro, madre. - ¿Te acuerdas cuando vistamos a esa familia en Chome? Me acuerdo de ese cerezo y ese guindo tan hermosos. - Sí, madre. - Ya no queda nada de eso- me dice-. A dónde llegaremos con tanta destrucción, parece que a nadie le importa el lugar donde crecimos. -Bueno -dice- y sacando un suspiro desde muy adentro de su ser, agrega-, seguramente esto nos ayudara a reflexionar pa’dónde vamos.
Entonces miro a mí madre y pienso en tantas cosas que cruzaron mi vida. Me pregunto si todo lo que hemos construido tiene sentido. Miro a mis sobrinos, a mis hijos y a mi madre y vuelvo a recordar los días en que, junto con nuestros vecinos, dedicábamos tardes enteras a construir estrobos y a tejer redes. Nuestros juegos siempre estuvieron cruzados por esas emociones de libertad y seguridad.
Desvió mi mirada al cielo, mi madre me mira y acompaña mi vuelo. Veo pasar esa bandada de gaviotas que vuelan al norte. Mis pensamientos se confunden con las aves y su vuelo me transportan al ayer, a ese momento tan crucial en mi vida, que marcó para siempre el sentido de mi existencia. ¡Cómo olvidar ese día!
Es mediodía. El sol calienta a la caleta Infiernillo.
-¿Quién se baña? Todos al unísono gritamos: ¡Yo!
El mar estaba en calma, pero ese día tenia algo especial, intentaríamos llegar a la boya, el lugar donde los barcos ataban su cordeles, ubicado a 300 metros. Era uno de los lugares más preciados por mis amigos.
-Intentaré llegar- le comento al Checho.
Estaba seguro de que esta vez lo lograría, luego de superar la contradicción que da el hecho de estar tirado en esa arena caliente, para entrar en el agua helada. Comencé a nadar, miraba lo hermoso de la bahía, sus lanchas, nadaba más y más pero mis amigos igual me adelantaban. Sentía el sol en mi espalda, el agua tenía esa sensación sagrada, el cansancio no impedía avanzar.
-¡Vamos!- gritaban mis amigos.
Sólo faltaba cerca de la mitad del trayecto cuando el rucio gritó: ¡Salgamos, salgamos!
-¿Qué pasa?- gritaron los demás. -El petróleo, hay petróleo.
Como impulsados por el motor del temor, nadamos de regreso. Cuando estábamos en la playa, nos miramos impresionados por lo que estábamos viendo. Miré a mi alrededor, la expresión de los bañistas, de los pescadores habitantes de la caleta reflejaban el suceso que habíamos vivido. Nuestros cuerpos estaban manchados por petróleo.
-¿Qué mierda pasa!- gritó alguien-.Estos huevones de los barcos están botando nuevamente petróleo a la mar.
Miré mi cuerpo y una sensación de frustración me invadió. Regresé a casa, mi madre me miró, su mirada demostraba la frustración y el temor.
-¿Qué haremos ahora? ¿Dónde podrán bañarse?- se preguntaba, mientras limpiaba mi cuerpo con colonia para retirar el petróleo…
-¿Eduardo, Eduardo, en qué estabas pensando?- me pregunta mi madre, ubicándome en el presente. -En nada, sólo recordaba cuando por primera vez nos manchamos de petróleo. -Sí - dice- es una lástima en lo que hemos terminado: basura, petróleo y desechos en nuestra bahía, con incendios, derrames ¿Qué haremos?- pregunta desolada.
Casi como por instinto, le respondo: "Seguir haciendo lo que hacemos, intentar llamar la atención y educar para que podamos despertar de esta catástrofe y exigir que nos devuelvan nuestra bahía”.
Me mira con esa mirada cómplice que tanto conozco y me toma de la mano para invitarme a mirar las rosas que crecen en su patio. Su sonrisa me tranquiliza y me ayuda a comprender una infinidad de hechos que han acompañado mi vida y orientan mi hacer cotidiano.
Miro al patio y veo como todo ha crecido y cómo hemos crecido nosotros. Miro a mi madre, le doy un beso en su mejilla y le agradezco por su profunda sabiduría, también agradezco en mi interior por todo lo que he aprendido y lo que aún me falta por aprender…
Por Eduardo Alarcón Hernández
Enero de 2010.- 670 veces leída |