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Chile, Concepción, jueves, 17 de agosto de 2017
El dibujo secreto de América Latina (II Parte) PDF Imprimir E-Mail
Multiculturalidad
escrito por William Ospina   
miércoles, 18 de junio de 2008
Active ImageLo nuestro es la edad de las naciones, y entre nosotros esos estados nacionales son un fenómeno tan reciente que casi puede observarse a simple vista.

 

Historia de diásporas


La humana es una historia de diásporas. Según dicen las noticias recientes,
esos dos mil seres a los que alguna vez se redujo la humanidad, en el
momento más vulnerable de su existencia, se dispersaron en pequeñas hordas
por el mapa del África hace cientos de miles de años, y cuando volvieron a
verse eran ya tan distintos, que parecían a punto de configurar varias
especies. Nosotros mismos tenemos que admitir que los nativos de América,
los primitivos habitantes del territorio, llegaron algún día por caminos de
hielo desde las estepas del Asia, o navegando desde la Polinesia hasta las
costas de Chile. Así que todo arraigo es hijo de una diáspora previa, y tal
vez todo amor por el suelo nativo oculta la honda nostalgia de una tierra
perdida en los meandros del pasado.


Lo nuestro es la edad de las naciones, y entre nosotros esos estados
nacionales son un fenómeno tan reciente que casi puede observarse a simple
vista. Venimos de formar parte subalterna del primer gran imperio
planetario, y hace apenas dos siglos los distintos países emergimos a un
intento de vida independiente. Pero ya las sociedades anteriores a la
llegada de los europeos habían alcanzado ciertos rasgos distintivos que
después la historia no ha podido borrar: el culto al padre mítico y el
diálogo con la muerte propio de la cultura mexicana, la fragmentación mítica
del territorio propia de la cultura colombiana, la insularidad de la cultura
cubana, la noción del triple mundo propia de la cultura incaica, los mundos
del cóndor, del puma y de la serpiente, que eran desde temprano la
percepción de una realidad en la que tienen que dialogar y entenderse de un
modo complejo las montañas nevadas, las fértiles tierras medias y la selva
fluvial.


La violenta conquista y la edad colonial rompieron muchas cosas y añadieron
muchas otras al mosaico: pienso en la reviviscencia del culto de la diosa
madre indígena de las lagunas bajo la forma de las vírgenes mestizas de
Guadalupe, o de Chiquinquirá. Hay en el altar mayor de la iglesia de San
Francisco en Quito la imagen de una virgen alada y grávida que no es posible
encontrar en la iconografía católica europea. Muchos la asocian con la
virgen alada que Juan de Patmos describe en el Apocalipsis, pero los
estudiosos del arte religioso colonial ven en ella una representación de la
Pachamama incaica, con la forma triangular de su traje que evoca las
montañas, y dicen que el artista tallador, Bernardo de Legarda, un indígena
quiteño, sólo se animó a hacer sus vírgenes aladas, muchas de ellas con
rostros indios, cuando vio llegar en barcos a las costas del Pacífico unas
muñecas birmanas de madera. Así son los caminos de nuestra cultura: a veces
utilizamos los aportes del mundo entero para expresar lo más profundo y
original de nuestro ser. El vistoso politeísmo del santoral católico
latinoamericano logra mediante complejas astucias rituales que el culto de
un dios único no sea incompatible con el culto de infinitas divinidades
menores, identificables y especializadas. Y Derek Walcott argumentó con gran
belleza y sabiduría en su discurso para recibir el Premio Nobel de
Literatura en 1992, que la mirada colonial, el discurso superficial de las
metrópolis, no advierte que en nuestras aparentes imitaciones hay una
originalidad nueva, la expresión de algo que no es derivación sino plenitud
presente; que la representación del Ramayana que hacen en verano en Trinidad
incontables muchachos de origen hindú no es una obra de teatro sino una obra
de fe, no es imitación sino originalidad.


En nada se advierte tan nítidamente el modo como lo ajeno se volvió carne y
sangre propia como en el vasto tejido de las lenguas europeas llegadas a
América, en las que empezaron a circular desde muy temprano las savias del
mundo americano, y en cuyas literaturas fue emergiendo la exuberancia de las
distintas regiones del continente. Las literaturas americanas son fruto del
encuentro de unas lenguas ya formadas con un mundo desconocido. La tensión
entre unas lenguas establecidas y un mundo sorprendente representó para
nosotros desde el comienzo la tensión entre lo real y lo mágico, ya que la
magia no es más que lo que obedece a otras leyes. Es conveniente recordar
que, aunque las civilizaciones del planeta registran una historia varias
veces milenaria, hace apenas cinco siglos dos mitades del mundo estaban
completamente incomunicadas. La tierra, como la luna, tenía una cara oculta,
y el encuentro entre esas dos maneras de lo humano desarrolladas a lo largo
de los milenios de un modo independiente planteaba los más apasionantes
desafíos para la vida y para la imaginación. Fue algo más extraño aún que si
el latín hubiera arraigado en África, fue como si, a consecuencia de las
aventuras en el espacio exterior, el inglés arraigara en algún planeta con
vida inteligente.


Ahora bien, es muy distinto lo que ocurrió en las dos mitades del continente
americano. En el norte la lengua inglesa sólo tuvo que hacer un esfuerzo por
reconocer el mundo físico y por permitir que las culturas llegadas de lejos
arraigaran en él, en tanto que en la América Latina, donde florecían
diversas y complejas civilizaciones, y donde no fueron exterminados
completamente los pueblos indígenas, las lenguas latinas tuvieron que
dialogar con las lenguas nativas, aunque ese no fuera su propósito inicial,
y todavía hoy siguen haciéndolo. Lo que en los últimos siglos, de un modo
creciente, ha mostrado nuestra literatura es el modo gradual como asciende a
través de una lengua ajena la savia de un mundo nativo, con sus colores y
sus metáforas, con sus sueños más inexplicables y sus recuerdos más
profundos, con la radical extrañeza de sus modos de representación. Se
siente en ella la profusión, la exuberancia, el colorido y la fragancia de
una tierra nueva, de unas selvas que no habían sido taladas jamás, de una
fecundidad de los suelos, de una abundancia de mamíferos y de insectos, de
reptiles y de aves en la que nuestra época de postrimerías bien puede
encontrar las virtudes del Paraíso.

 

(Continuará...)

 

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