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El dibujo secreto de América Latina (I Parte) PDF Imprimir E-Mail
Multiculturalidad
escrito por William Ospina   
viernes, 23 de mayo de 2008
Sample ImageDesde los tiempos en que Bolívar escribió su “Carta de Jamaica”, una tarea
fundamental de este continente es el diálogo entre la unidad y la
diversidad.

Mentiríamos si dijéramos que nuestra América es una: por todas
partes surge la evidencia de su pluralidad: desde los desiertos de coyotes
de Sonora hasta los “vértigos horizontales” de la Patagonia, desde los
incontables azules del Caribe hasta ese “verde que es de todos los colores”
de la cordillera y la selva, desde el aire de fuego de las costas caribeñas
hasta la noche blanca de los páramos, desde la fecundidad de valles y de
pampas hasta lo que llamaba Neruda “el estelar caballo desbocado del hielo”.


Y no hablo sólo de la extraordinaria diversidad geográfica y biológica sino,
en ella y sobre ella, de la diversidad de los pueblos y de sus culturas, o
de algo más sugestivo aún, los muchos matices irrenunciables de una vasta
cultura continental.


En esa misma “Carta de Jamaica” Bolívar afirmaba que “somos un pequeño
género humano”. Dos siglos después, hay que quitarle el adjetivo “pequeño” a
esa frase, y afirmar que somos una muestra muy amplia de lo que es el
género humano, porque tal vez en ningún otro lugar del planeta está más
presente la diversidad de la especie. Alguna vez el doctor Samuel Johnson le
dijo a James Boswell: “Amigo mío, si alguien está cansado de Londres, está
cansado de la vida, porque Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”.


Pero ¿qué son hoy la diversidad de Londres, de Paris o de Nueva York
comparados con la diversidad de Sao Paulo, de México, de Buenos Aires o de
las Antillas? Las viejas metrópolis se apresuran a imitarnos y se llenan
vertiginosamente de inmigrantes, Londres se llena de caribeños pero sin el
mar Caribe a la vista, París se llena de muecines y de senegaleses pero no
tiene el desierto ni las praderas fluviales de África, Madrid ve llegar a
los suramericanos, pero siguen estando lejos los Andes y la selva amazónica.
Europa sigue siendo un continente de tamaño humano, como diría George
Steiner: el continente de los cafés, el continente que fue medido por las
pisadas de los caminantes, el continente que ha convertido sus calles y sus
plazas en una memoria de grandes hombres y de hechos históricos, el
continente que descubrió que dios tiene rostro humano. Nuestra América es
definitivamente otra cosa, aquí la naturaleza no ha sido borrada, aquí sí
hay verdaderas selvas y verdaderos desiertos. Allá todos los caminos llevan
a Roma, aquí todas las aguas buscan el río, nada tiene unas dimensiones
humanas, todo nos excede, y Dios mismo necesita de otros rostros y de otras
metáforas para ser concebido, para ser celebrado.


Fue Paul Verlaine, maestro sensorial y musical de los poetas
hispanoamericanos, quien escribió en su arte poética que lo importante no es
el color sino el matiz, y creo que si a algo nos hemos aplicado los pueblos
de este continente es a desplegar y ahondar en los matices locales y
particulares de una cultura cuyos trazos generales son similares. Quiero
decir con ello que hay una característica común de la cultura
latinoamericana es que nada en ella puede reclamarse hoy como absolutamente
nativo, salvo quizás esos pueblos mágicos del Amazonas que nunca han entrado
en contacto con algo distinto. En otras regiones del mundo, hasta hace poco
tiempo, podía hablarse de pureza, de razas puras, de lenguas incontaminadas.
Aquí las mezclas comenzaron muy temprano, no para llegar a lo indiferenciado
sino para producir en todos los casos cosas verdaderamente nuevas. Digamos
que en nuestra cultura continental casi nada es nativo pero todo es
original. John Keats decía que explicar un poema puede equivaler a “destejer
el arco iris”; lo mismo podríamos decir del proceso de revelar todas las
tradiciones, todas las fusiones, que llevaron al nacimiento de la cumbia o
del tango, de Pedro Páramo o de Macondo, de la obra de Niemeyer o la de
Borges.

 

Por los caminos del viento


Caminaba yo una vez por un museo de México cuando pasaron a mi lado dos
personas y alcancé a oír que una decía a la otra: “Hay tres culturas en el
mundo, la asiática del arroz, la europea del trigo y la americana del maíz”.
La frase, recibida así “por los caminos del viento” como dice la canción, no
me pareció tan importante por su contenido cuanto por su enfoque. Dejaba al
África por fuera, y eso ya era grave, pero atribuir la raíz última de la
cultura a la alimentación y a los bienes básicos de la naturaleza me pareció
original en el sentido profundo de que habla de orígenes. En esa medida
podríamos decir que aunque los pueblos nativos de América eran muy distintos
unos de otros, aztecas, incas, muiscas, sioux, arhuacos, taínos, los
centenares de pueblos que habitaban el continente compartían la cultura del
maíz, y no hablo sólo de los hábitos alimenticios sino de los dioses, los
ritos y las pautas de civilización que nacen de él.


Hoy se habla mucho de globalización, pero ese proceso comenzó hace siglos.
Ya el cristianismo, que fundió en su trinidad mitos hebreos, ideas griegas y
ambiciones romanas era un fenómeno de globalización. Y lo que suele llamarse
el descubrimiento y la conquista de América fue una de las grandes avanzadas
de ese viento global. Hoy, si en algo estamos globalizados, es en el modo
como los distintos pueblos del mundo compartimos los productos de la
naturaleza: yo he visto maizales en Illinois, en el norte de Italia y en
las praderas de Katmandú, he visto trigales en Rosario y en las llanuras de
Francia, sé de los arrozales de Birmania y de los del Tolima. Ello parece
decirnos que no reinan ya los dioses del lugar, que muchas cosas que antes
eran locales son planetarias, que las divinidades del opio, del vino, de la
amonita muscárida o del cornezuelo de centeno hace rato reinan sobre el
planeta entero y ya no instauran religiones, en el sentido profundo de ritos
que religuen a los seres humanos.


En el humano luchan y dialogan dos tendencias distintas: el interminable
deseo de arraigar y la insaciable necesidad de otros mundos y otros cielos.
Si hasta el árbol, que parece tan condenado a no moverse, arroja al viento
sus nubes de semillas y hace crecer sus hijos muy lejos, qué decir de esta
especie nuestra siempre insatisfecha, que arraigada en la patria sueña
mundos desconocidos, y extraviada en el exilio añora sin fin el paraíso
perdido. Hace unas semanas pude ver cómo los noruegos, grandes caminantes y
grandes navegantes, que viven hoy en un país próspero y confortable, sienten
su costa como un hermoso barco encallado en la vecindad de los hielos, y
viven un anhelo profundo de tierras remotas y de mares tórridos. Esto es tan
intenso que incluso beben un Aquavit que tiene que haber ido hacia el sur
hasta cruzar la línea ecuatorial y haber vuelto, para tener el gusto
adecuado.

(Continuará...) 



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