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Chile, Concepción, jueves, 17 de agosto de 2017
Recorriendo las instalaciones de la ex mina de Lota, veinte años después de su cierre PDF Imprimir E-Mail
Testimonio
escrito por M.Eliana Vega   
lunes, 17 de abril de 2017
“Lugar patrimonial. No botar basura aquí”. El pequeño letrero de madera apenas se distingue instActive Imagealado en el frontis de lo fueron las dependencias de la Empresa Nacional del Carbón, en Lota. Y resulta paradojal al distinguir, en un vistazo general y desde afuera, el estado en que se encuentran las instalaciones a 20 años del término de la actividad extractiva del carbón, que pudimos recorrer en compañía de José Carrillo Bermedo, quien tenía el cargo de presidente del sindicato 6 de Trabajadores de Enacar Lota aquel 16 de abril de 1997.
Apenas ingresamos al recinto de Enacar para iniciar este recorrido, nos invade una sensación de tristeza. No podemos evitar recordar que hace sólo dos décadas por ese lugar circulaban los trabajadores del carbón y todo bullía de actividad.  Se nos viene a la mente la tarde de ese 16 de abril, cuando la sirena de Enacar sonó por última vez, anunciando esa vez la salida del último turno de mineros. Desde entonces no habíamos vuelto a ese lugar, donde hoy sólo hay restos, deterioro, abandono y soledad. Un guardia controla el acceso, acompañado de tres o cuatro perros.
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José Carrillo mueve la cabeza con impotencia y nos pide que nos acerquemos a una de las construcciones centrales y nos muestra una máquina de grandes dimensiones que podemos ver a través de una ventana enrejada: “Esa era la máquina poderosa que comandaba desde acá, había un operador a cargo…”, explica antes de ponernos a caminar por un sector que se usa para almacenar todo tipo de cosas.
 
Estas dependencias –nos dice José- fueron entregadas por Corfo en comodato a la Municipalidad de Lota,  sin embargo, a su juicio, “lo único que se ha hecho es destruir. Esto está lleno de bodegas, traen ripio, madera y un montón de cosas que nadie entiende…”, comenta con evidente desencanto.
 
Ingresamos a una antigua edificación, de armoniosas líneas y gran tamaño, que corresponde al lugar por donde circulaban los mineros para ingresar y salir de sus faenas. Restos de fierros oxidados, líneas férreas corroídas, alambres, pedazos de planchas de zinc… y un curioso amontonamiento de luminarias  dadas de bajas por el municipio. Caminamos entre este heterogéneo conjunto de desechos, mientras José nos recuerda que justo ahí está la cabria del pique 1, por donde se accede a la mina. “Es la jaula, como le decían los mineros, que permitía bajar los 500 metros de acceso al pique”, cuyas galerías estaban debajo de nosotros y que hoy están cubiertas de agua.
 
Lamentando la pérdida patrimonial que significa el creciente deterioro que vemos a nuestro paso, seguimos este recorrido. Mientras nos acercamos a la derrumbada cabria del Pique Alberto –que se vino abajo producto del abandono y la corrosión- le preguntamos a José Carrillo por sus sentimientos en estos veinte años del cierre de la mina.
 
“Una enorme decepción, tristeza, una pena por lo que significó esta industria para Lota, para su gente, para el pueblo y particularmente para la industria nacional… Dejar a Lota sin una fuente laboral importantísima hasta el día de hoy se visualiza como un error estratégico. Ver a nuestros compañeros ex mineros, de qué manera recuerdan día a día lo que pasaban acá, el aporte cultural particular que se dio a este pueblo con una identidad propia que hoy también se ve menguada con poco interés por mantenerla, salvo alguna que otra acción de jóvenes que a través del arte intentan mantener viva la memoria, todo eso provoca este sentimiento de tristeza…”, dice José.
 
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Nos hemos detenido a mirar la derrumbada cabría del Pique Alberto, que sucumbió a comienzos de marzo producto del óxido y del abandono. Se asemeja a una enorme araña de fierro, con sus patas corroídas. Era también uno de los hitos emblemáticos d
e la actividad carbonífera. El Pique Alberto fue inaugurado el 11 de febrero de 1875 por el mismo Luís Cousiño, iniciando la explotación del mineral a 140 metros de profundidad. Su cabria tenía 3,88 por 2,52 metro y en sus comienzo estaba revestida de madera de roble. Por cierto, nada de eso queda hoy. Solo la masa informe de una estructura de fierro que alguna vez fue parte de la identidad minera.
 
José se asombra al ver los despojos y cuenta no había venido a este lugar. Observa con atención y comenta que pensó que se había caído desde la base, pero se da cuenta que ésta permanece intacta.. “Se desplomó desde arriba, por el peso y el nivel de oxidación”, dice mientras toma fotografías con su celular.
 
Sentimos unos pasos y un ruido extraño, como el de una sonajera de latas. Pronto advertimos que por el camino transita un joven –al menos eso parece-con unas planchas de zinc a sus espaldas. Están rotas, pero pueden servir y por eso, seguramente, se las lleva antes de que el tiempo dé cuenta de ellas.
 
Así, de a poco, va desapareciendo el patrimonio histórico de Lota. Ese que se encuentra emplazado en el sector Chambeque, declarado Monumento Nacional en su categoría de Monumento Histórico, por decreto del 22 de mayo de 2014.
 
Son 115 hectáreas aproximadamente, donde se emplazan antiguos edificios e infraestructuras asociados a la extracción del carbón, siendo el punto neurálgico del proceso industrial. Dentro ellas estaba la cabria del Pique Alberto, hoy destruida. Pero también los piques Carlos 1 y 2 con sus respectivas cabrias, la termoeléctrica, los galpones del parque industria, la planta de lavado, el silo de la misma, la planta transportadora, la tornamesa, las ruinas de la cinta transportadoActive Imagera, el edificio bunker, el muelle, las tortas de escoria y lo polvorines.
 
Gran parte de estas instalaciones está en ruinas o en un creciente proceso de deterioro. “Aquí no se ha hecho nada”, reitera José mientras caminamos entre la historia de 150 años del carbón lotino. “
 
La historia de José
 
Es la historia que se repite entre muchos mineros, como José, que si bien nació en Lota hace 59 años,  proviene de una familia de Curanilahue, donde su padre, Luis Alberto Carrillo trabajó en el carbón desde los 14 años. De los diez hijos, sólo José se convirtió en minero, aunque no era su aspiración. Una vez egresado del Liceo Industrial de la especialidad de Mecánico de máquinas de herramientas, hizo su práctica en la maestranza de Enacar en 1976. Si no se quedó entonces fue porque no había cupos, así que desempeñó  en el PEM (Programa de Empleo Mínimo) hasta que en 1980, luego de la masiva salida de mineros con la llamada “doble indemnización”,  ingresó formalmente a la empresa. Tenía entonces 22 años de edad y permaneció hasta el cierre de la mina, el 16 de abril de 1997.
 
“Los nuevos que ingresamos el 80 lo hicimos con rentas inferiores al 60 por ciento de lo que ganaba un trabajador antiguo haciendo la misma pega y en algunos casos ni siquiera a trato o turno que era lo que generaba un poco más de ingresos. Éramos trateros en la mina, mientras más se avanzaba en metas de producción y desarrollo había más posibilidades de tener ingresos mayores”. El relato de José acompaña nuestro caminar por las instalaciones que se alzan silentes, ruinosas, pero majestuosas, como mudos testigos de tiempos mejores. Algunas nubes oscurecen el cielo y el viento se ha tornado más frío e intenso.
 
Partió en interior mina como apir, una de las tareas más sacrificadas y duras pues era quien trabajaba directamente en la extracción del carbón o en la preparación de los frentes. Reconoce que sólo pensaba trabajar un par de años en la mina, generando algunosActive Image recursos con la idea de seguir estudios superiores, sin embargo no fue posible. El desgaste físico provocado por la faena y el tiempo que debía dedicarle, se lo impidieron.
 
Pero fue recién en marzo de 1990 cuando José Carrillo da sus primeros pasos en el mundo sindical, al ser elegido como miembro de la directiva del Sindicato 6, siendo su presidente en el periodo 92-94 y después entre 1996 1998.
 
Antes del cierre, ¿cuándo fue la última vez que bajó a la mina?, le preguntamos cuando nos acercamos a los piques 1 y 2 a mirar de cerca el estado en que se encuentran.
 
“Había participado en una visita inspectiva a la mina una semana antes, y todo se notaba absolutamente normal, no había ningún indicio que le llamara la atención a uno o que indicara que algo se estaba tramando”.
 
Fue así como llegó la noche del 15 de abril de 1997, cuando a través de radio Bío Bío se empezó a difundir que el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle había decidido cerrar la mina de Lota.
 
“La noche anterior fui receptor de una información que entregó radio Bio Bio donde se señalaba que iba a haber una noticia muy triste en la región que había sido informado por una persona de mucha influencia en  el gobierno pero tampoco quiso dar nombre y en esa condición comencé a convocar a un grupo de dirigentes más cercanos informándoles de este anuncio.  Nos acercamos el pique, conversamos con la jefatura d turno, no tenían ningún conocimiento del anuncio, ellos no estaban enterados de la noticia de la radio. Llamamos al gerente Oscar Medina, que se declaró ignorante de estos comentarios. Y en la mañana fuimos convocados a una reunión que citó Jaime Tohá como presidente del directorio para escuchar oficialmente lo que había decidido el gobierno de  cerrar Lota”, rememora.
 
Si el tiempo se pudiera retroceder y cambiar algo de lo que se hizo o no se hizo en ese momento, ¿qué sería?, le preguntamos a José Carillo, cuando ya la tarde se termina y los fantasmas de la añoranza empiezan a rondar entre los píques 1 y 2, silentes y un poco tétricos.
 
“Lo primero es haber logrado que esta actividad no se cerrara, para nosotros fue un desafío permanente, modernizar este yacimActive Imageiento de acuerdo a las proyecciones que se tenían, mantener esta fuente de trabajo para cientos de jóvenes que permanentemente egresan de enseñanza media, creo que el carbón  podría continuar haciendo un enorme aporte al desarrollo de la comuna, eso para mí era fundamental, nunca pensé que el gobierno de turno en ese minuto iba a tomar una decisión tan dramática como el cierre de la  mina”, dice sin tapujos.
 
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Hemos caminado casi una hora por las instalaciones que fueron de Enacar en Lota. Hoy tampoco esta empresa existe, ya que el 2 de febrero de este año, terminó su giro comercial. Ahora sólo queda una oficina, frente al Teatro de Lota Alto, para atender a ex mineros que requieran copias de sus finiquitos o certificados de retiro.
 
Pero José no se ha quedado detenido en el pasado. Intenta rescatar esa historia para situarla en el presente y aportar a la comuna donde ha hecho su vida. Como presidente del Centro del Centro Cultural Identidad Lotina, quieren concretar la idea de un Monumento al trabajador del carbón, que refleje no sólo al minero, sino a su familia  y entorno. Ya tienen algunos recursos para ello y el interés del joven escultor de San Fernando, Américo Becerra.
 
También quiere integrar, como parte de un circuito histórico-turístico, el archivo del personal de Enacar que incluye unas 60 mil fichas de quienes alguna vez trabajaron en la empresa, documentos que están guardados “en un bunker, como a 200 metros. Nosotros queremos que ese patrimonio se quede acá”, explica.
 
Ya vamos caminando hacia la salida, mientras la tarde se ha vuelto más oscura… Nos salen a despedir los ladridos amenazantes de un par de perros, lo que obliga al guardia a acercarse y abrir el candado de la reja para dejarnos salir.
 
Afuera, frente al edificio de ladrillos donde aún se lee Empresa Nacional de Carbón, tomamos las últimas fotografías y nos quedamos pensando en el recorrido que acabamos de hacer. Ya no hay mineros, ya el aire no huele a carbón, ya  la sirena del Pique Carlos dejó de sonar… pero queda la historia, la identidad, el patrimonio cultural y social y personas como José que quieren seguir aportando al desarrollo de Lota. Habrá que ver qué ocurre en los próximos veinte años…

 

 

 

 

Texto y fotos: M.Eliana Vega

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