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Chile, Concepción, lunes, 21 de agosto de 2017
Textos Provisorios (EX-CORTOMETRAJES) PDF Imprimir E-Mail
Contrapunto Ciudadano
escrito por Carlos Osorio   
lunes, 02 de enero de 2017

 

I
 
Justo que mostraba sus manos a la policía, en señal de no haber cometido ningún delito, se distrajo; soltó el cochecito que se deslizó a toda velocidad escaleras abajo, hasta el fondo de la estación, con todo y criatura, como en el Acorazado Potemkin.
 
 
II
 
En el preciso instante que se hincó, que extendió su mano con el bonito anillo, con tal pedirle matrimonio, ella se puso nerviosa, trastabilló y cayó de bruces a la vía del tren. Servicio suspendido hasta nuevo aviso.
 
 
 
III
 
La revolución se está incubando a esta hora en los túneles del metro. Se rumorea que apenas el pueblo salga a la superficie, por la línea 18B, la de color fucsia, se tomará definitivamente el poder.
 
 
IV
 
Aprovechaba sus incontrolables erecciones para abrirse paso entre la multitud apiñada dentro del vagón elegido, sobretodo en hora pico. Esa mañana fue distinto, no alcanzó a ingresar por completo, las puertas se cerraron abruptamente atrapando su miembro. Ahí se fue, dando brincos y tumbos; pegado como lapa al tren que a toda velocidad abandona la estación.
 
 
 
V
 
Como presagio a que algún día se lo llevaría el tren, porque justo ahí en el lugar reservado para personas como él, de la tercera edad,  su corazón dejó de latir, la voz de la señorita anuncia la próxima estación: Cementerios.
 
 
 
VI
 
Todavía sale humito de la vía. Los guardias ya le habían advertido; que no hiciera ni tal con bajarse a lavar ropa en el canalito de agua que corre paralelo al tercer riel, con energía eléctrica.
 
 
 
VII
 
Subió en Plaza Puente Alto y apenas llegó a Plaza Maipú, terminó la tesis. No quería seguir aplazándola más.
 
 
 
 
VIII
 
Se disculpó con el chofer, la verdad que su intención no es andar por la vida y las vías molestando nomás por molestar, y si tiró de la palanca de frenos, provocando que todos los pasajeros terminaran amontonados en el primer vagón, bueno, es simple, es de los que gustan llamar la atención.
 
 
IX
 
Les costó bajar por la cantidad de personas a esa hora; primero por el ascensor, veinte metros, luego por la extensa escalera, bien agarrados de la mano y del pasamanos, otros veinte, después, de un salto a la vía, otro brinquito y, listo, directo al profundo socavón del tren.... Al fin podrán darse un beso -de año nuevo- en el hoyo.
 
 
X
 
Con impecables gafas oscuras, apoyado en su bastón blanco y la inseparable compañía de su fiel lazarillo, se encamina peligrosamente por la línea amarilla que separa el tren y el andén, se detiene al inicio del primer vagón, abre la puerta del conductor, acomoda sus cosas, entre ellas la lonchera y las infaltables galletitas de Valerio, su labrador y sus ojos al mismo tiempo, enciende los motores, sintoniza radio Beethoven, hace sonar la alerta del cierre de puertas y, una vez más, se dispone a conducir el tren desde la estación terminal.
 
 
XI
 
Está nervioso, a su edad cualquiera lo estaría. Mira para todos lados y al primer descuido suelta la mano de su madre. Pese a los gritos de ésta, sobrepasa la línea amarilla y de un salto cae en los brazos de su padre, que lo espera con un algodón de azúcar.
 
 
 
XII
 
Quedó atrapado en el torniquete. Su Personal Trainer le juró de guata que sortearía esta dura prueba. A ver si el especialista de los bomberos, el pirómano, atina y aprovecha de quemarle un poquito de grasa.
 
 
XIII
 
Una sábana rojiza con bordes dorados que contiene clavos, con forma de “miguelitos”, y vidrio molido de distintos espesores, dan vida a su espectáculo al interior del tren subterráneo. Apenas ingresa, se abre espacio entre la atenta multitud, extiende su paño, se desprende de la sencilla camisa de tela cruda, dejando al descubierto las bondades de su cuerpo trabajado quizás a los pies de la casa de Gandhi, por allá en Porbandar, se inclina como si fuera a rezar y de un solo giro, a la velocidad de la luz, su espalda queda ensartada en la filosa herramienta de trabajo. “Soy el Mahatma, de oficio Fakir”, es lo último que se le escucha decir, mientras es trasladado de urgencia a la estación Hospital Sótero del Río.
 
 
XIV
 
Hace rato que le traía ganas, para el caso no dudó y como fuera, llamar su atención. Si bien sería capaz de bajarle la vía láctea, esta vez optó por algo más original; a sabiendas que ella tiene su rutina de viajes, no dudó en garabatear con spray el corazón gigante apostado en la estación Baquedano del Metro con la frase: -Chucho y Paquita se aman-. Hoy Chucho cumple cadena perpetua por daños al patrimonio cultural y Paquita, que no está dispuesta a perder ni pan ni pedazo, anhela que alguien grabe su nombre de pila, ojalá con soplete y soldadura de estaño, en esa modosita escultura de Botero, ubicada en el parque forestal.
 
 
XV
 
Cerraron las puertas en sus narices. Cómo tanto -pregunta- qué culpa tiene de tenerla tan larga, la nariz, y todavía le falten dos calles para apenas ingresar a la estación.
 
 
XVI
 
 
Preocupado del buen aspecto de la ciudadanía, porque percibe mucho estrés entre los pasajeros incluso, además que es un convencido que hay que andar con buen semblante por la vida y así darle una buena impresión a los turistas que nos visitan, acaba de inaugurar su peluquería y spá en el último vagón del Metro, con espectaculares descuentos para quienes hablen su misma lengua estética.
 
 
 
XVII
 
Sube junto a sus corpulentos ayudantes, que ya se ubican estratégicamente en las puertas, con los brazos extendidos, en señal de la cruz, con tal nadie se arranque de las palabras que a continuación expresará sentidamente con los ojos cerrados, el enviado del cielo. Mientras abre las sagradas escrituras y agradece la buena onda, uno de sus fieles extiende la improvisada pantalla y enciende el powerpoint, explica que la parte de la biblia que quiere citar es demasiado larga y lo ideal es aprovechar esta senda que obsequia el señor hasta la estación terminal El Génesis y así, con los dibujitos, dejar claritas todas las dudas que vayan surgiendo en el camino, ojalá todo esto antes que los pille el apocalipsis que se divisa más allá, al final del recorrido, cuando el tren sale a la superficie.
 
 
XVIII
 
Se activa la alarma y al instante se cierran todas las puertas de acceso al subterráneo. Extraño porque el aire allí adentro es irrespirable. Además una cortina de humo avanza impunemente, cubriendo cada espacio, cada centímetro de suelo que no deja de cimbrarse de un lado para otro, meciendo el tren que no para de crujir, como los estómagos que se revuelven y el mareo es un verso y una constante de ahora en adelante, y los vómitos esperan boleto de ida y vuelta, porque no es justo salir de las entrañas así, sin destino, y los usuarios que nunca se imaginaron tanto terror en tan poco espacio, que piden a gritos la devolución del pasaje con tal de ver la luz otra vez y no esas lámparas que siguen cayendo, por más el esfuerzo de los auxiliares por sujetarlas, o esos paneles que se vienen abajo con todo y cartelera de espectáculos en donde se anunciaba el show de Arjona, o esas señoras que lloran y se hincan y que piden al cielo se acabe tanta maldad y si el milagro se cumple, se irán de rodillas por la vía, hasta el Metro Gruta de la Virgen, o esos niños que jugaban con autitos sobre la línea amarilla, esa que separa el tren del andén, y que ven pasar la avalancha humana que hace añicos sus sueños de ser algún día policías o ladrones por último, o esa pareja de carabineros sorprendida haciéndose unas selfies mientras los baldes que son acarreados no se dan abasto con el agua que cae a chorros por los muros y no se le vaya a tragar el borracho que canta a todo pulmón: “agua que no has de beber / déjala correr, o esos novios que se agitaban con entusiasmo en el último y solitario vagón en pos de ponerle Jorge al niño, llegando a pensar que ellos eran los responsables de tanta sacudida, o esos secundarios recién egresados de la enseñanza media que claman por una salida, política aunque sea, y que piden calma y una explicación de por qué no les renovaron el pase escolar antes de terminar aquí sepultados, por obra y gracia del  corrupto ministro de transporte, que no encontró nada mejor para posesionarse en las encuestas presidenciales, que hacer una estación de Metro justo encima de la falla de Ramón.
 

por Carlos Osorio

 

2 de enero de 2017.-

 

 
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