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Comentario
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martes, 04 de septiembre de 2007 |
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Ella supo decir lo que los santos callan: “Soy la que más sabe de cultura”. Cuando un santo habla todo anda mal. Un santo o una santa sólo puede “hacer” para dejarse ver. ( y no dejarse oír). La cultura, este concepto tan amplio ambiguo y prejuicioso, mientras más se pronuncia, más vacío queda. Para saber lo que es Brasil culturalmente sólo hace falta caminar por una playa. No hablo de traseros, hablo del sabor, del olor, del ritmo, de las chicas bailando, de los chicos percusionando. La cultura habla por sí sola. No necesita definirse. No necesita de hospitales con especialistas que la diagnostiquen ni la sanen. En Chile, país del cual todo anda mal desde la fecha de fundación hasta la asignación del padre de la patria, la cultura es un concepto que cada cierto tiempo debe apuntalarse con una serie de eventos, lanzamientos, leyes y edificios que la sostengan en su débil cuerpo. Sor Teresita, la Ministra; al inaugurar el Centro Cultural La Moneda se despachó a la directora porque no censuró la instalación de Nicanor Parra donde colgaba a nuestros presidentes con el letrero “El pago de Chile”. Esta anecdótica controversia fue lo único artístico, el único hecho cultural de esta mole de hormigón. Hoy, el pomposo “Louvre” Chilensis parece un desierto de ultratumba. Las exposiciones de bajo nivel, la falta de público, la falta de financiamiento, lo matan diariamente. La guinda será, al perecer, la transformación del mítico edificio “Diego Portales” en otro centro cultural. El Diego Portales que más de 34 años fue la cuna de dos hechos que marcaron la historia contemporánea Chilena (lo levanta el socialismo y lo hace sede la dictadura) terminará siendo un elefante más que cada cierto tiempo denuncie la falta de financiamiento, luego de gastarse lo poco que le asignen, en traer “Lo mejor de Nueva York” para elevar la cultura. Concepción no es ajeno a este debate de los mega centros culturales. El teatro Pencopolitano es un nuevo intento por “blanquear” la cultura a partir de una elite que sabe (cree saber) perfectamente el hecho cultural. Un diseño arquitectónico no consensuado con nadie y que no puede tocarse ni criticarse por el hecho de que el connotado Huidobro tuvo la voluntad de poner su timbre arquitectónico. ¿Qué sabrá Huidobro de arquitectura Latina cuando ha levantado desde hace cuarenta años edificios en París? La cultura que nos mata es la cultura del huacho arribista. El crío que nació como peón en la hacienda aristocrática, donde todo lo cultural era una burda copia afrancesada, europizante de las elites del viejo continente, y cuando el hacendado nos mencionó en su testamento, no hacemos más que tratar de copiar y repetir sin entender mucho la cultura de los féretros, de los mausoleos culturales, que como catedrales son símbolos de otras culturas que no han hecho más que ningunear y enterrar la bota sobre la cultura latinoamericana. Sor Teresita prefiere desentenderse de esta discusión. Prefiere promulgar la ley del derecho de autor a la baja del IVA a los libros. Prefiere apoyar la instalación del Moai en Australia, en la reunión del APEC, que liderar una ley sobre los derechos culturales indígenas. Prefiere, como cualquier santa, ofrecernos su sonrisa quieta, mesurada, de que todo lo hace en nombre de su santidad el gobierno. Moraleja: Más vale santo de carrera que santo designado. Por Van-Rá |
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